domingo, marzo 11, 2012

El Savignon Blanc argentino que luego de 9 años y mal conservado, sorprendió mis sentidos

En enero de este año, en una chacra en Lima, encontré arrumbada una botella  de Sauvignon Blanc 2003 de Rosell Boher, guardada en una cava de madera al lado del horno de la casa de campo. Esperé hasta el final de las vacaciones para catarlo. Aquí los resultados.

Quizás esta nota desmorone alguna creencia sobre la guarda de vinos que dice: "mantenerlos a bajas temperaturas, en un lugar donde no llegue el sol ni el calor ni los ruidos. Acostado, que tenga contacto con el corcho. Si el lugar es húmedo, mejor. En el caso de blancos, beber durante el año".


Pasé mis vacaciones en una chacra en Lima. Luego de diez días de estadía, se me ocurrió husmear la cavita de madera que estaba al lado del horno. Había divisado botellas de agua, pero como las divisiones eran varias, más de 20, me agaché y miré una por una.  De repente en el fondo y pegada al horno donde en estos últimos años se han hecho pizzas y tortas, encontré esta botella de Rosell Boher Savignon Blanc 2003, boca abajo en contacto con el tapón.  Quité la botella y la miré a contra luz. Se veía muy bien el líquido dentro. La quité de allí y la moví al refrigerador.

Veinte días después la caté con los amigos. Estábamos emocionados. Yo les contaba de la bodega, del enólogo al que no sólo admiro con todo mi corazón sino que lo aprecio con alta estima: Pepe Martínez Rosell. Les conté de sus vinos y de su champagnera, una de las tres mejores de Argentina.

Notas de cata
El Rosell Boher Savignon Blanc 2003 es un vino blanco tranquilo, límpido y brillante. De color dorado intermedio con destellos verdes y lágrimas gruesas. El dorado indica el paso del tiempo ya que si fuese joven el color sería más verdoso y amarillo que llegando al dorado. Es en esta fase, la vista, donde descubrimos el paso del tiempo de este vino.

En nariz, sorprende el ataque intenso, aromático, frutal. Se distinguen inmediatamente frutas de carozo blancas como durazno y damasco.  En segunda nariz, y luego de agitar la copa para airearla, aparecen toques cítricos y ruda.

Y llegamos a la boca, queremos que el vino nos sorprenda y que el paso del tiempo no lo haya deteriorado por el hecho de haber sido guardado en malas condiciones, las peores. El ataque es apenas dulzón y el paso por el medio de boca mantiene intacta la frescura de la acidez que hizo de este vino un ejemplar sin precedentes. Está intacto luego de 9 años. Apenas un segundo pasadas las 12 de un reloj que indicaría la perfección.  Sabores cítricos, pomelo rosado, ananá y vuelven al recuerdo la nariz, durazno y frutas tropicales, con toques de maracuyá y mango. Asombra su estructura en boca, su peso, es un vino que se queda, no pasa ligero. Pide otra copa y más, más.


Conclusión: Alejandro "Pepe" Martínez Rosell, el enólogo de la bodega Rosell Boher, es el winemaker de este vino maravilloso. Es uno de los más fieles representantes de nuestra vitivinicultura argentina. Con perfil bajo, sólo aparece por Buenos Aires en un par de ocasiones al año, se presenta en la feria Cuisine & Vins y en las Sparkling Nights. Todo el año está en contacto con la naturaleza, estudiando cómo mejorar sus productos, cómo avanzar en lo que ya es todo suyo : el éxito.

Como se dice coloquialmente, aplauso, medalla y beso a un Enólogo con mayúsculas que debería ser tapa de todas las revistas argentinas. Chapeaux.

Silvia Ramos de Barton
Sommelier Internacional



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